Cultura

¿Quién fue Atahualpa Yupanqui?

Buenos Aires nunca le cayó demasiado bien. Atahualpa Yupanqui llegó a la gran ciudad por primera vez en el invierno de 1923. Su trabajo como aprendiz de periodista le facilitó el primer acceso al público porteño, gracias a un colega del diario Crítica. “Llegué a Buenos Aires justo cuando la gran pelea entre Luis Angel Firpo y Jack Dempsey. Crítica organizaba la velada para escuchar la transmisión a través de altoparlantes. Entre un round y otro, como tardaba en venir la información, había como cuarenta minutos en los que -con otros cantores- teníamos que cantar.”

Pero la aventura capitalina no fue satisfactoria; en la ciudad no apreciaron su arte y debió emprender el retomo con más rabia que ganas, guardando en sus retinas la imagen de aquella dudad que no comprendía: “¿ Por qué aquellos viejos cabarets de Buenos Aires o del suburbio eran tan aburridos y tan tristes? No había en todo el mundo salones más brumosos ni llenos de esa inmovilidad patética que los que había allí. Los hombres ponían cara de tango, fumaban en silencio su tabaco, se movían con una solemnidad de velorio y sólo quien estaba mamao armaba un barullo grosero. Los cabarets eran la introducción de La Cumparsita, tenían un tono menor, melancólico. Eran las salas donde aquellos hombres solos, muchos de ellos inmigrantes, desarraigados, arrimaban hasta allí su soledad“. Atahualpa Yupanqui regresó a Junín y volvió a desempeñar diversos.oficios hasta que logró hacer algo que le interesaba más: comenzó a publicar notas periodísticas en un diario local y luego trabaó como corrector de pruebas en otro.

Para cumplir con su labor como cronista, se apoyó en el canto de los payadores, a quienes consideraba fundamentales en aquella época huérfana de medios de comunicación. “El pueblo canta su historia por intermedio de los trovadores, los payadores, los improvisadores. ¿Qué es el payador de la pampa? Es el periodista…” (…)Pese a las varias ocupaciones que llevaba adelante, la guitarra, el canto, nunca dejaron de estar presentes en su vida. Es en esta nueva etapa en Junín que compone, a mediados de 1926 y motivado por una amarga noticia, su primera canción: llega desde Tucumán una carta donde le cuentan el fallecimiento del Indio Anselmo, aquel vecino que le contaba historias cuando niño, en Tafí. “Movido por la nostalgia, idealicé las caminatas hacia lo de don Anselmo y escribí mi primera canción. Tenía entonces dieciocho años. Fue el cielo azul profundo de Tucumán el que hizo nacer aquellos versos. Con don Anselmo volvían esos fines de invierno, con su solcito tibio y los cerros azules, enormes, como si pudiéramos tocarlos con las manos.” (…)

Atahualpa Yupanqui

Atahualpa Yupanqui

No mucho tiempo después -algunos autores lo circunscriben a 1927 y otros a 1928, se hace difícil llegar a una certeza absoluta en cuanto a esto- se produce el segundo viaje de Atahualpa Yupanqui desde Junín a Buenos Aires, para volver a enfrentar el desafío de la gran urbe. Impulsado por el consejo de un hombre que lo había visto actuar, se lanzó a probar suerte en la altiva “Reina del Plata”. Tenía 20 años e iba con las esperanzas de ganarse la vida con la guitarra. Fracasó. Años más tarde, Atahualpa recordó ese momento en su célebre poema por milonga: ¡Para qué lo habré escuchado. Si era la voz de mandinga… Buenos Aires, ciudá gringa me tuvo muy apretao, turtos se me hacían a un lao como cu…erpo a lajeringa (…). Sin embargo, la tournée porteña le sirvió para conocer a algunos escritores y periodistas. También trabaj ó brevemente en el periódico La Fronda y grabó su primer disco, con poca trascendencia. En realidad, lo que registró fue apenas un tema -Camino del indio- incluido en un álbum que se entregaba en promoción a los compradores de la yerba mate SA-FAC.

El regreso de Atahualpa Yupanqui a Buenos Aires

Esta nueva residencia en Buenos Aires le dejó otra experiencia completamente novedosa: pese alas estrecheces económicas, logró hacer un pequeño viaje a Mar del Plata para conocer el mar. Para un hombre como él, criado en la pampa, la única extensión inabarcable era la de hierbas. “Yo soy un hombre de la tierra y por eso, cuando por primera vez vi el mar, sentí pánico, me sentí dominado… No sé nadar y nunca aprendí. No lo necesitábamos nosotros que sólo conocíamos los arroyi-tos o los riachos que se cruzan a caballo.” En su mente, no alcanzaba a incorporar el concepto de semejante cantidad de agua, con orilla de un solo lado. Después de esos días en la costa atlántica, retomó al cemento de la gran urbe, con su indiferencia. En un adelanto de sus memorias inéditas, Atahualpa Yupanqui dejó constancia de sus días en la ciudad: “Caminé aquel Buenos Aires anterior al año treinta. Escuché, desde la vereda de la angosta calle Corrientes, a casi todas las orquestas de la Capital. Caminaba la noche por todos los barrios, buscando trabajo, estableciendo relaciones con cantores y guitarristas, con periodistas, con provincianos nobles y también con otra clase de gente. Conocí la amistad y la ayuda de rateros, de ladrones de tranvías, de carteristas, de ‘gente calavera’. Hacía menos de una semana que estaba en la gran ciudad cuando conocí, por primera vez, el calabozo de una comisaría. Yo ganaba mi vida tocando la guitarra, sin cantar, en los boliches de Avellaneda, de Puente Aisina, de Boedo y Chiclana, del Bajo Belgrano. Dondequiera que me daban permiso, yo me sentaba entre parroquianos, obreros, gente de paso de las tabernas sin importancia, y tocaba la guitarra. Yo no esperaba ni exigía silencio. Sólo tocaba, y siempre en forma confidencial, sin bulla en el instrumento, sin brillantez alguna. De treinta personas, seis me alcanzaban una moneda. (…)

Tenía en mi poder un peso y veinte centavos. Comí un pedazo de queso y un vaso de leche. Y con el peso restante, hice un gasto extraordinario. Me fui al teatro de la calle Esmeralda a escuchar a Carlos Gardel, que había llegado de Europa. Disfruté enormemente durante casi dos horas. Yo, que nunca fui ‘tanguero‘, que jamás aprendí a tocar bien un pedacito de tango, recibí con fuerte emoción la voz de Gardel, su acento, su forma de marcar las palabras, su temperamento, su simpatía desbordante, su calidad de artista nacido para producir, en ese género, la más pura belleza popular“. Rendido tras la agitada noche, el joven cantor se sentó a descansar en un banco de Plaza Lavalle, con tan mala suerte que se quedó dormido. Las consecuencias fueron las lógicas y previsibles por aquellos años: oficial de policía, pedido de documentos y detención por sospecha de “vagancia“. Tras confirmar a duras penas sus humildes labores logró salir en libertad. Avergonzado por esa “mancha“, fue inmediatamente a buscar su guitarra, que había dejado al cuidado de un amigo, para salir a trajinar nuevos boliches donde ganarse unos pesos. Decidido a huir del ruido de Buenos Aires, buscó refugio otra vez en los paisajes del norte argentino. Sin escuchar nuevos consejos -el escritor Emin Arsian, tal vez sin conocer a fondo su realidad económica, le había recomendado ahorrar para comprar un pasaje y apostar con su música en París-, reunió su escaso dinero y se dirigió a la ciudad de Humahuaca, en la norteña provincia de Jujuy.(…)

Regresó a la Capital donde, desde 1929, convivía con su prima María Alicia Martínez, quien tenía un hijo nacido en 1923, de una pareja anterior. El niño se llamaba Juan Bautista Martínez. El crack de Wall Street, en esa época, había hecho mella en todo el mundo y la Argentina no era la excepción. La pareja deambuló por diversas pensiones y pasó innumerables penurias económicas. El 13 de abril de 1931, estando María Alicia embarazada de siete meses, decidieron formalizar su unión; ella tenía 30 años y él, 23. En el acta matrimonial se consignaba su domicilio de entonces: una pensión ubicada en la Avenida Belgrano 3015. Dos meses después del enlace, el 26 de junio, nacería en Entre Ríos su primera hija, Alma Alicia, y más tarde llegarían al mundo Atahualpa Roberto, en Junín, el 11 de enero de 1933, y Lila Amancay, en Buenos Aires, el 9 de abril de 1936. La falta de trabajo, durante aquellos años, seguía siendo aguda. Por esa razón, Atahualpa debió desempeñarse en diversos oficios que le permitieran parar la olla: trabajó en una panadería, fue estibador en el puerto (no por un lapso prolongado ya que era un oficio muy duro que conspiraba contra su principal interés de entonces, la guitarra) y periodista, profesión con la que figuraba en el acta de matrimonio. Su hija Lila relata una anécdota en la que, además de humanizar y quitar a su padre cierta aura de solemnidad que lo invadió en sus últimos años, describe la ajustada situación que atravesaba la familia: “Sé por comentarios de mi madre que en los años que estuvieron cintos sólo una vez pudieron alquilar una casita, en el barrio de Caballito; antes y después siempre vivieron en pensiones“. De uno de esos lugares, en una ocasión, se vieron obligados a escapar sin pagar; eran realmente muy pobres. “Parece que papá le pidió a mamá que acomodara las pocas pertenencias de los tres en la única valija, para poder abandonar el lugar cuando las primeras sombras. Pero surgió un imprevisto: el calentador a querosene ‘Primus’ (indispensable) no cabía en el bolso, lo cual dificultaría la huida. Entonces a papá se le ocurrió la idea de -mientras mamá y Juan Bautista se escapaban por el balcón- abordar al dueño de la pensión para preguntarle: ‘¿ Sabrá usted dónde puedo cargar a esta hora la garrafita?‘. El hombre le dio la explicación pertinente y así, por la puerta y lo más campante, abandonó definitivamente esa pensión”. Llevaron una vida nómade, la familia moró en diversos lugares, en muchas ocasiones todos juntos, y en otras, dada la escasa edad de los pequeños, él debió viajar solo. En los albores de 1937, don Ata llevó a su esposa -a quien le habían diagnosticado un principio de tuberculosis- a internarse en el Centro de Tuberculosos de Cosquín (Córdoba), y también procedió al reparto de sus hijos: a Alma la dejó al cuidado de otras de sus primas, en Casilda; a Atahualpa, en Junín, con su madre Higinia, y a Lila Amancay, con su hermana Carmen, en la casa de al lado. A pesar de que María Alicia no tardó demasiados meses en salir de su internación, los niños permanecieron varios años en casa de esos parientes. En octubre de 1937, algunas palabras que Yupanqui escribió a su esposa no hadan vislumbrar el abrupto final que se produjo en diciembre, cuando Atahualpa procedió a abandonarla. “Uno puede intuir que, por esa época, los mayores intereses estaban puestos en su carrera y en su proyección como artista -afirma Lila-, pero desde luego, y al igual que ocurre con la separación de cualquier matrimonio, no es posible conocer las razones determinantes de la ruptura, ya que solamente las saben los integrantes de cada pareja. Lo cierto es que mi madre quedó muy dolida, y lo siguió recordando todos los días de su vida, en un duelo que evidentemente superaba sus posibilidades de elaboración. Fueron pocas las veces que sus hijos volvimos a verlo“»

Breve biografía de Atahualpa Yupanqui

Compositor, intérprete, músico y poeta, Atahualpa Yupanqui fue un referente del folklore nacional argentino. Investigó las raíces autóctonas de la cultura argentina y las difundió por el país y el mundo. A su inspiración se deben clásicos como Luna tucumana y El arriero.

YUPANQUI comenzó sus giras artísticas por el interior del país a los 18 años, cuando recorrió las provincias del norte. Más tarde vivió en Catamarca, Santiago del Estero y Tucuman, donde incorporó los ritmos y canciones locales. Proscripto y encarcelado por cuestiones políticas, se despidió de su querida Tucumán.a la que le dedicó La añera (a la izquierda, en su juventud; abajo, cantando en “Amigos del arte“, 1936).

Atahualpa Yupanqui, nombre artístico de Héctor Roberto Chavero, nació el y de enero de 1908, en Pergamino, Buenos Aires. A lo largo de su vida recorrió la Argentina investigando las raíces culturales del país y sus expresiones musicales y literarias, las que recogió y difundió por todo el mundo. ‘

1966: Referente del folklore nacional, Atahualpa Yupanqui contribuyó a la difusión del Festival de Cosquin, cuyo escenario principal lleva su nombre como homenaje (abajo, rodeado por el público en un alto del festival, en 1966).

AUTOR de numerosas zambas, milongas, chareras y vidalas, Atahualpa también publico libros de poesía (Piedra sola, El canto del viento y Aires indios) y cancioneros.

Yupanqui participó en varios filmes nacionales (al lado, a la derecha, en Casquín, Amor…y folklore, 1965).

SUS GRANDES EXITOS:
Piedra y camino
Los hermanos
Adiós Tucumán
Tierra querida
Camino del indio
La pobrecita
Luna tucumana
El aromo
El arriero

Embajador de la cultura argentina, Atahualpa Yupanqui fue uno de los pioneros en llevar las expresiones musicales y las tradiciones del interior del país a los más diversos escenarios del mundo.

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